Vivir en el extranjero

Bruselas la bonita

Bruselas la bonita

Siempre me acordaré del primer día en que la pisé. Contrariamente a todos los mitos, clichés y creencias, hacía bueno, muy bueno. Un sol resplandeciente, de esos que te calientan la cara y te envuelven el corazón. Una buena manera de empezar, de arrancar. Un buen presagio. Todo iba a ir bien. Y así fue.

Principios del verano de 2005. 26 años en el contador. Una experiencia ya llena en mudanzas. Era mi quinta. La mudanza de mi futuro profesional. Adiós la joven estudiante, bienvenida la joven trabajadora.

Bruselas la bonita. Bruselas y sus mezclas. Ciudad de contrastes. Ciudad europea por excelencia donde inmigrantes y expatriados forman un sólo ente. O puede que no. Ciudad de amistades, las verdaderas y las sinceras. Ciudad de adoquines y de rascacielos. Luces hasta muy tarde en las oficinas que destellan en las bolsas de basuras que decoran las aceras.

En Bruselas crecí y viví. Me reí y también lloré. Aprendí, visité, mucho. Y trabajé. En Bruselas jugué a ser mayor en los suntuosos edificios pero también fui esa cría curiosa y con ganas de descubrir, gozando de la vida. Dando brincos.

Bruselas en mi corazón.

Bruselas la bonita

Vivir en el extranjero

Integrarse socialmente: en Francia o en otro sitio

Son muchos los ejemplos de gente que llega de otro país y que se integra sin problema en Francia. A veces, los medios de comunicación nos quieren dar la imagen contraria. Cuando eres extranjero, siempre estás más atento a todo y eres más sensible a lo que se dice acerca de ese tema: que si los negros eso, que los árabes aquello, que los polacos no sé qué, los italianos hacen plasplas, los americanos hacen plosplos y un largo etc. que, si quisiéramos, no acabaría nunca. Rápidamente hacemos amalgamas y confusiones. Pero como no soy matemática, no entiendo de cifras ; como no soy socióloga, no he realizado ninguna encuesta; como no trabajo en el INSEE (Instituto de Estadísticas y de Estudios Económicos), no estoy en posesión de ninguna estadística. Y da igual, porque esos no son mis objetivos.

Aunque me gustaría recordar algo muy evidente,tan evidente que tendemos a olvidarlo: imb*** los hay en todas partes, simpáticos también, cabr**** también. Aquí, en Berlín, en Praga, en Tombuctú, en mi pueblo o en Tierra de Fuego. En todas partes significa en todas partes.

Sentirse “uno más” para integrarse

Pero voy a diferenciar dos aspectos: una persona puede sentirse muy bien en tal ciudad de tal país, allá donde vive, sin que sienta la necesidad de relacionarse con muchos autóctonos. Por el contrario, hay gente que necesita sentirse “uno más”, un “casi-autóctono”. Cuando hablamos de idiomas solemos decir que cuando se llega a soñar en la lengua extranjera es porque ya la controlas bien. Me atrevo a decir, entonces, que cuando un extranjero forma parte de asociaciones locales y participa activamente de la vida de la ciudad o del pueblo es buena señal. Significa que empieza a sentirse “uno más”. Cierto, eso reclama algún que otro esfuerzo pero eso también representa, según mi humilde parecer, una magnífica prueba de amor hacia el país que nos acoge y muestra, también, un espíritu de apertura por parte de aquellos que nos acogen y nos reciben. ¡Un esfuerzo de ambas partes y eso está muy bien!

Durante algunos años formé parte de un grupo de danzas bretonas. Me puse el traje regional y, de alguna forma, me sentía orgullosa de llevarlo. Descubrí muchas cosas, aprendí bailes distintos a los de Menorca. ¡Subí al escenario con ellos, junto a ellos, era una más!

Integrarse en otro país

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